domingo, 10 de junio de 2012

La Srita. Libroasidua y su salida al restaurante



La Srita. Libroasidua determinó, luego de algunas horas de lectura, que su cerebro debía nutrirse no sólo del elixir sagrado de las palabras, sino también de alguna suntuosa muestra gastronómica regional del restaurante del vecindario. Así pues, tomó su bolso no sin antes meditar concienzudamente si debía dejar o no su lector de e-books alimentándose a su vez de la burbujeante corriente eléctrica, en tanto ella hacía lo propio.  

Comer sin leer –meditó unos segundos–. Desde la adquisición del imprescindible aparato, comer en solitario era sinónimo de amena lectura. Repensó entonces si en su determinación había una pizca de coherencia que indultase su abandono. ¡Sea! Conectó el Kindle a la laptop y se enfiló hacia el restaurante de comida mexicana a una cuadra de su departamento. Llegó después de las 4 pm. y le fue asignada de inmediato una mesa. Situación poco frecuente en aquel extremoconcurrido recinto alimentario. ¡Qué suerte! –pensó–. Se sentó frente a su mesa buscando el acceso a la pantalla de televisión. Apenas quedaban disponibles un par de mesas más, que a los pocos segundos fueron ocupadas por otros dos comensales respectivamente: un hombre mayor con rostro serio y tranquilo, y otro hombre con rostro igualmente serio y tranquilo, pero joven y con pinta de rockstar incomprendido.

En lontananza frente a su mesa, y luego de sortear visualmente los frasquitos de salsa, pepitas de chile y orégano, un hombre enfundado en una playera deportiva color salmón la miraba de soslayo. Qué linda blusa color salmón la de esa chica -debió pensar a su vez el caballero.

Mientras la Srita. Libroasidua daba cuenta de unas flautas estupendamente distribuidas y encapotadas de lechuga, queso, crema y salsita verde, Jenifer López saltaba en el televisor contoneándose al son de una música no perceptible pero imaginable. El hombre mayor con rostro serio y tranquilo leía algo mientras masticaba religiosamente una y otra y otra y otra vez, como siguiendo el criterio de “no tragar hasta haber masticado 30 veces”. Yo debería hacer lo mismo –pensó Libroasidua– es decir, masticar tantas veces la comida antes de tragarla, pues el asunto de leer mientras se come, lo tenía ya muy dominado.

Las cosas no parecían tan estupendas para el rockstar. Con su barba angosta y larga, y su melena lisa y negra hasta la cintura,  parecía aguardar no solo la comida sino algún otro suceso que lo hacía parecer ensimismado. Libroasidua pensó que días atrás, un pendiente del trabajo debió darle a ella la misma apariencia que alguna pesadumbre le otorgaba en ese momento al rockstar. Nada ni nadie debería robarnos la calma sin autorización -afirmó.

Mientras Jenifer López seguía danzando ajena al mundo, Libroasidua dio un vistazo alrededor y, como era de esperarse a aquella hora, la mayoría de las mesas la conformaban familias perfectamente identificadas: papá, mamá, hijos y en algunos casos, uno o ambos abuelos. Un portabebé destacaba soberbio sobre una mesa sosteniendo a la inocente creatura iniciada en temas gastronómicos del país que la vio nacer. Pequeño ciudadano al que el viento entregaba inconscientes palabras que algún día reconocerá como auténticas muestras de su cultura alimentaria: pozole, quesadillas, flautas, tostadas, agua de horchata,… en fin, una suerte de preparación mental para poder contestar algún día la pregunta a la que todo mexicano deberá enfrentarse: ¿salsa roja o verde?

Y en trasfondo pensaba Libroasidua: si algún día veo a un padre de familia encargarse de alimentar a los hijos mientras la madre observa brincotear a “Yeiló” en la tele o alguna otra extravagancia, ese padre habrá superado mis expectativas. Y es que de un tiempo a la fecha, la vida en pareja llamaba en especial su atención. Ya saben. Un ideal de vida más equitativa en la que las tareas, el gasto y las obligaciones se distribuyen de manera justa, plural, consensuada y convenientemente, de tal forma que resulta fácil, armónico, generoso y enriquecedor vivir con el otro. El rockstar recogió su melena en una coleta y mantuvo su apesadumbrada expresión.

Libroasidua echó de menos su kindle y pidió la cuenta mientras pensaba que al volver a casa, debía escribir el relato de su salida al restaurante. ¿Por qué? No lo supo a ciencia cierta, pero le pareció importante. Sentía la necesidad de escapar del bullicio, o de los rostros serios, o del color salmón, quizá del portabebé o de los frasquitos de salsa. Sintió la necesidad de contemplar el paisaje desde el ventanal de su casa, y escribir. 
Libroasidua salió del restaurante y se encaminó a casa en medio del bochorno estival. Escribió el relato y se sintió tranquila; esperanzada.

Fabs

1 comentario:

  1. Me encantó la historia. ¿Verdad que es increíble la relación de dependencia que establecemos con los lectores de e-books? Me enternece la idea que libroasidua tiene sobre la vida en pareja. "Ya saben. Un ideal de vida más equitativa en la que las tareas, el gasto y las obligaciones se distribuyen de manera justa, plural, consensuada y convenientemente, de tal forma que resulta fácil, armónico, generoso y enriquecedor vivir con el otro". Quizá eso exista en algún lugar del mundo, mi estimada Doctora. Gracias por compartirnos este estupendo escrito. Le dejo abrazos; Diana

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